domingo, 28 de abril de 2013

¿IMPUNIDAD O RECONCILIACIÓN POLÍTICA?



La cuestión de la participación política puede analizarse desde dos puntos de vista: el primero es el que tiene que ver con los problemas estructurales de carencia de acceso a las decisiones políticas que moldean el país, es decir, la falta de representatividad y deliberación; y un segundo aspecto que se refiere a las consecuencias de la participación política, en específico, de los grupos insurgentes.

En este sentido, es preciso resaltar que, al hablar de Participación Política, tenemos que hablar de la posibilidad de generar las condiciones materiales para la participación amplia de toda la sociedad colombiana, aquella como mecanismo para garantizar que el rumbo del país sea definido por el poder constituyente y se brinden las garantías para el cumplimento de los derechos por parte del Estado. Esta participación, se ha dado en el Estado moderno, casi que por excelencia, a través de la democracia representativa, en la cual se deposita la confianza de un modelo de país, en las y los representantes electos[1]. Sin embargo, dentro de la historia colombiana, esta promesa democrática, ha resultado falaz, pues ciertos poderes económicos y políticos han restringido el ejercicio democrático, mediante prácticas que van desde el exterminio sistemático de la oposición[2], la cooptación de votantes por clientelismo, paternalismo, hasta la presión militar y paramilitar, la cual ha sido usada muy frecuentemente.

En base a esto, podemos afirmar  que la ausencia de participación política ha sido un factor que ha alimentado el conflicto armado, y, que en aras de solucionarlo, debemos entenderlo, al menos en su desarrollo histórico básico, para comprender la importancia que tiene la superación y eliminación de todas sus causas estructurales, con el ánimo de no repetir la triste historia, que ha de ser contada en el marco del nacimiento y desarrollo del mismo.

Si bien el conflicto colombiano es de alta complejidad y su caracterización está en disputa por las diferentes tendencias políticas, retomamos la enunciación que hacen Uprimmy y Saffon, donde dicen que; “Hay varias características del propio conflicto colombiano que lo hacen complejo. En primer lugar, se trata de uno de los conflictos armados más largos del mundo. Los análisis más prudentes hablan de 1964 como el origen contemporáneo del conflicto colombiano, pues éste fue el año en el que las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC-EP) se alzaron en armas. Sin embargo, muchos otros analistas apuntan al periodo de La Violencia de los años cuarenta como el origen del conflicto tal y como lo conocemos hoy en día. Sea como fuere, el conflicto colombiano ha durado por lo menos cuarenta años, y esa situación sin duda dificulta la tarea de lograr una paz negociada que sea duradera. En segundo lugar, el conflicto colombiano no se desarrolla entre dos facciones –como sucede usualmente–, sino que incluye varios actores: el Estado, los grupos guerrilleros y los grupos paramilitares.” [3]

Por su parte, los grupos paramilitares se han configurado dentro de la lucha contra insurgente, ante la incapacidad del gobierno de hacer esta labor por vías exclusivamente legales. Por ende, el paramilitarismo ha sido, como denuncian diversos sectores sociales, promovido por la institucionalidad, y ha incurrido en graves ataques contra la población civil, que se intensificaron durante el periodo de la mal llamada “Seguridad Democrática” del gobierno Uribe,  y que aún persisten, porque el discurso gubernamental de su exitosa desmovilización e inconexión con las recientemente conformadas “Bacrim” es falso–ese proceso de dejación de armas fue un fracaso–, lo único que cambió fue la denominación del actor armado, que controló y sigue controlando las dinámicas políticas regionales. Razón por la cual, no hay duda en afirmar, que mientras el paramilitarismo no se desmonte en su totalidad, no habrá forma de garantizar la participación política, ni mucho menos, la consecución de una paz estable y duradera.

En sentido es necesario, para este proceso, hacer una diferenciación muy marcada de los actores del conflicto, para no incurrir en inexactitudes políticas a la hora de plantearse una justicia transicional y la necesidad de participación política para lograr la paz. No se puede caer en el grave error de comparar este proceso de paz con el de los paramilitares, pues en aquel no se logró ni una verdadera transición, ni una reconstrucción de la memoria histórica, ni el esclarecimiento de la verdad, porque nunca se aceptaron las responsabilidades estatales de su surgimiento y promoción, además, nunca se planteó una discusión a fondo de la configuración del país, sino una mera desmovilización, que se dio a espaldas del pueblo colombiano, y que resultó en el enrarecimiento (aún mayor) del conflicto y no en su solución. Si se pretende lograr una verdadera paz, es necesario divorciarse de tan odiosas comparaciones y tomar en sus justas proporciones la mesa de diálogo actual y las propuestas que en ella se han dado.

Ahora, el discurso desde la ultra derecha pretende volver a las categorías absolutas. En cuanto a lo específico de la participación de la insurgencia en la vida política, miran con recelo las consecuencias sobre las víctimas directas del conflicto, equiparan la participación política con impunidad, con falta de justicia y mano blanda para resolver lo que según ellos es la cuestión principal para el fin del conflicto: la venganza.

Por ello nos parece necesario entrar a analizar la relación de este tema con uno que parecería más ubicado en otro punto de las discusiones en la Habana: la justicia transicional y las víctimas. Abordar el tema desde el sesgo de venganza sería desconocer que la participación política también pasa por el reconocimiento de las carencias en cuanto a la inclusión de las víctimas directas del conflicto, y de la sociedad en general, sobretodo de movimientos organizados en la esfera política por fuera de las dinámicas tradicionales.

Siguiendo lo anterior, nos permitimos clarificar la categoría de La Justicia Transicional como un mecanismo de justicia alternativa que permite el transito político para lograr un proceso de transición social, en este sentido esta permite la posibilidad de consolidar un imaginario de nación. El problema principal de la misma son los mecanismos que generan impunidad, por ello es necesario caracterizar los derechos de las víctimas en dicho proceso.

De acuerdo al marco jurídico los derechos de la victimas gravitan en cuatro ejes que son: justicia, reparación, verdad y garantía de no repetición. Ahora bien es necesario tener un criterio sobre la ponderación de estos elementos en un proceso de paz que implique la participación política de grupos que han violado DDHH, teniendo en cuenta, la responsabilidad última del Estado como responsable del surgimiento y la reproducción del conflicto en Colombia. En este sentido consideramos que la verdad debe ser el principal criterio de restauración frente a los derechos de las víctimas, y por ende es necesario, abordar la configuración del conflicto que vive Colombia, separando a los actores, e insistiendo en la diferenciación de naturaleza de los mismos.

En este orden de ideas, es importante, considerar que la justicia transicional, para que sea efectiva en el marco de una intención legitima y honesta de la consecución de la paz, tiene que plantearse mecanismos que abran la participación política hacia aquellos sectores que se les ha negado históricamente, teniendo en cuenta, la reparación realmente integral, no solo hacia las víctimas directas, sino hacia toda la sociedad colombiana, garantizando la no repetición.

En suma consideramos que equiparar la participación política a la impunidad es un craso error, pues significa desconocer los orígenes e historia del conflicto colombiano político social y armado, y el carácter que tiene cada uno de los actores que en él participan, por lo cual debemos tener en cuenta que la urgente solución respecto a los precarios mecanismos y garantías para la participación política no solo deben dirigirse a las personas que se han alzado en armas, si no en general a toda la sociedad colombiana. Asimismo, enmarcar los diálogos y sus resultados en los aportes que desde la justicia transicional se puedan aplicar, entendiéndola como la ejecución de la justicia restaurativa, aquella que garantiza la reconciliación nacional y avances verdaderos en la solución de las causas estructurales del conflicto, rechazando de tajo la justicia retributiva, con la que solo se pretende la judicialización  sin más de uno de los actores, dejando de lado la verdadera reparación para el pueblo colombiano.

Observatorio de Derechos Humanos Iván David Ortiz
Federación de Estudiantes Universitarios
Abril de 2013




[1] Caben resaltar, las muchas limitaciones que tiene este tipo de democracia, que se ha probado como despolitizadora de lo que se debería consolidar como poder constituyente, al alejar las discusiones políticas del pueblo, y por ende alejando las discusiones políticas fuertes del pueblo.
[2] No sobra hacer el ejercicio de memoria histórica, sobre el genocidio de la Unión Patriótica, y la eliminación sistemática de movimientos como A Luchar!, y el ADM-19, probando que la mera desmovilización, no garantizan la apertura política, ni las garantías para participación.
[3] Uprimny, Rodrigo y Saffon, María Paula. Usos y Abusos de la Justicia Transicional en Colombia. Pp 167. 

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